lunes, 14 de marzo de 2011

El hombre de la década


¿El reconocimiento se debe a la noción de miedo, superioridad o poder que ese ser reconocido ejerce sobre quienes lo reconocen? O más bien es por la identificación, catarsis o cercanía que comparte con estos últimos.
El caso es que, según una encuesta realizada por la revista The Men´s Health, el hombre de la década, por encima del papa Juan Pablo II fue Homero Simpson.

Muy posiblemente pocos hombres pueden identificarse con palabras como: celibato, fe, devoción al Señor, altruismo u oración, pero con palabras como: rosquillas, cerveza, fútbol, comida, ver televisión en ropa interior, si.
Homero es muy criticado por las excentricidades, locuras e irresponsabilidades que hace en algunas ocasiones, y puede que esas personas que lo hacen tengan razón, sin embargo, éstas críticas pueden ser aceptadas dentro del cerrado sistema de comportamientos que tienen algunas sociedades actuales. A pesar de esto, no es de negar que estos tiempos tan coyunturales donde las reglas establecidas hace mucho se rompen, alguien que cometa una locura de vez en cuando no cae bien.

Lo distinto le está quitando terreno a lo común. La posmodernidad está ahora más que acechando la posición de la añeja modernidad. Es lo que ha venido pasando, por ejemplo, con el efecto dominó en oriente medio, en países como Libia, Egipto o Túnez donde si bien no están claros los trasfondos de los cambios políticos, sí está claro que hay cambios trascendentales en la forma como ahora la población ve su contexto.

El fenómeno de Homero, o de los Simpson, con más de 3 décadas al aire, no es solo una mera coincidencia con los cambios en el mundo. No digo que sean una causa, pero sí que hacen parte del conjunto de factores que ponen al revés la mente del común, que hacen sentir con la cabeza y pensar con el corazón. Podría estereotiparse a Homero desde allí, su conducta impulsiva, torpe y primitiva hace juego con la espontánea sensibilidad y tacto que tiene con la sociedad del espectáculo (De Vort), de la que todos hacemos parte.
Tal vez algo de eso es lo que necesita el pensamiento posmoderno.

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