
Es casi instintivo imaginar una cama cuando se escucha la palabra sexo, pero si la palabra es mirador, ¿qué se viene a la mente?
Ciertamente, podríamos pensar en estar observando un bonito paisaje desde un lugar muy alto, o en recorrer largos trayectos para llegar a uno de ellos. Sin embargo, al dar una mirada más profunda a lo que conforma un mirador, es sencillo encontrar que más que personas observando el paisaje, hay una serie de autos estacionados al lado de la vía, en el borde de un abismo, aparentemente tan solo realizando la misma función que cumplen las sillas en un cinema.
Pero, pensándolo bien, el potencial que tiene un auto en un mirador no es el mismo que el de una silla en una sala de cine. Hay ciertas características que hacen que un auto sea casi un afrodisiaco cuando está situado en ese lugar.
Remitámonos al cine estadounidense de mediados del siglo pasado, cuando podíamos observar en el imaginario de los cineastas de la época a los jóvenes capitanes del equipo de fútbol de la escuela seduciendo a sus compañeritas porristas en un auto estacionado en un apartado mirador a las afueras de la ciudad.
Como dice el viejo refrán, todo entra por los ojos, y esta asimilación cultural no es la excepción. Tal vez, es de ésta manera que la idea del mirador como templo de la seducción surgió en el imaginario colectivo.
Desde un punto de vista físico, tal vez es la altura del sitio, teniendo en cuenta que a mayor altitud menos oxígeno y más vértigo, es decir, mayor cantidad de adrenalina en el torrente sanguíneo, lo que provoca un nivel de excitación mayor al que probablemente se de en un cinema, claro, a menos que sea un cinema xxx, o las mismas moléculas de la gasolina que quedan en el ambiente interior del auto, que al entrar en contacto con las terminales del sistema nervioso alteran la forma en que las personas piensan, y por eso tal vez puede ser algo justificable la llamada ira de carretera.
Pero desde un punto de vista psicológico, puede ser el distanciamiento de una zona urbana, ya que esto actúa como un agente inhibidor. Bloquea todos los tabús que surgen en la ciudad, así, las personas ya no tienen que rendirle cuentas a ningún tipo de sistema social rígido y masivo.
Esencialmente la “soledad compartida” implica la apertura de la mente y del cuerpo a actos que usualmente no realizaría.
Inclusive, en este peculiar ambiente, hasta la vista puede ser un fetiche poderoso para algunas parejas. Que si se ve la ciudad, que si se ve el río en la profundidad, en fin. Lo que no cambia es el uso de estos sitios en horas nocturnas.
Se sabe que para la juventud contemporánea ir a la “f” es un objetivo que amerita cualquier esfuerzo y genera cualquier tipo de excusa. -No sobra contextualizar a las audiencias no tan jóvenes que ir a la “f” es ir a la fija-.
Es entonces, en el imaginario cultural de la gente, un acto meramente procedimental subconsciente que quizá surge del instinto de cambiar lo establecido, de no regirse por las mismas normas cuadriculadas una y otra vez.
Es la pura crítica de los indicios posmodernistas que da como resultado obras de arte tan inentendibles como la interpretación en sí misma, o la utilización de un “templo móvil del amor” en un mirador.
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